—Japón ★ Año 5000

La ciudad donde los gritos son el eco de la violencia, donde la sangre tiñe las manos de sus habitantes, las lágrimas son el icono de la miseria y las risas siniestras el temeroso despertar de muchos que confunden deseo y violencia. Las sombras se adueñan de sus calles más antiguas mientras en el nuevo pavimento luce un sol que esconde terribles tormentas. Miles de ojos ignoran lo que tras la ciudad se teje, las telarañas que se mecen a voluntad de los más poderosos. Mientras en su agujero algunos luchan por ver la luz.
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Ημερολόγιο — Diario | Alexander M. Achérōn

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Ημερολόγιο — Diario | Alexander M. Achérōn

Mensaje por Alexander M. Achérōn el Lun Ago 14, 2017 9:53 am

Introducción

Puedo ver que somos curiosos. Creo que esa es la única razón por la que me parecería lógico que alguien lea esto. No soy un ser interesante ni atrayente, es algo que el destino me ha dejado muy en claro y creo que esa es la razón por la que vivo en el fondo. Bien te acostumbras a este tipo de existencia, probablemente mi más grande problema fue intentar creerme lo que un viejo me dijo antes de morir, el mismo que decidió nombrarme en honor al hombre más grande de Macedonia.
 
Seguro se pregunta, ¿por qué digo que “somos” y no que “son” curiosos? Algo de curiosidad habré de tener yo para decidir hacer algo como esto, ¿no? Bien. Mi nombre es Alexander Magnus Achérōn y apenas tuve una vida decente porque me aferré a la idea de que necesito más. El universo es muy caprichoso y tiene un mensaje para los tercos como yo: ya para, idiota. Después nos da un consuelo, pero en algunas ocasiones ese hijo de perra no es tan bueno. Depende de cuánto le diviertas y, por lo que sé, yo le divierto muchísimo. Me dio mi consuelo y me lo arrebató riéndose en mi cara.
 
En fin, no voy a ponerme dramático ni quejumbroso, eso no cambiará nada. Siéntanse bienvenidos, depravados, a mi diario personal. A continuación encontrarán la línea cronológica de mi vida desde que llegué a Verdammnis, de la forma más ordenada que mi paciencia pueda darme. Así mismo, conforme su morbo y mi aburrimiento aumenten, podrán encontrar los distintos episodios de mi vida en los años previos a esta ciudad. Espero entretenerlos, siéntanse bienvenidos a mi minúscula y aburrida tragedia.

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Sociópata
Macedonio
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Última edición por Alexander M. Achérōn el Jue Sep 21, 2017 12:18 pm, editado 12 veces
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Re: Ημερολόγιο — Diario | Alexander M. Achérōn

Mensaje por Alexander M. Achérōn el Lun Ago 14, 2017 9:58 pm

Kore



Hace cinco años…

No podría recordar la primera vez que puse un pie en un burdel, al menos no con claridad. Esos lugares han sido parte de mi vida desde antes de ti, mi amor. Lo olvidé cuando me casé contigo, porque creí que no necesitaría más que tu compañía, pero terminé volviendo dos años después, cuando te fuiste. Decidí darle un espacio especial a una mujer que conocí en Estados Unidos de Norteamérica en uno de mis viajes. No podrías entender los estilos de esas tierras, ni siquiera yo—que estuve ahí durante meses— logro resolverlo aún, pero admito lo interesante de ese licuado racial. Conocí a personas de todo tipo, estaba esta hindú cubierta de pies a cabeza, excepto por un rostro digno de revista y unos ojos verdes brillantes. No me imaginé nunca que fuera una prostituta del lugar, hasta que la desnudé. Verás, hay una frase popular que dice así: “El sexo sin amor es una experiencia vacía. Pero como experiencia vacía es una de las mejores”. Antes de caer a lo más profundo del abismo a causa de tus ojos, era un escéptico de esta idea. No conocía el amor gracias al rechazo, así que el sexo era una experiencia maravillosa. Comprenderás que maldiga el día en que interrumpiste la conversación con tu padre en su estudio, con tu rostro de Narciso ignorante y esos ojos de Adonis virginal. Eras tan puro que me desmoronaste cuando hablaste con ese tono tan dulce y, desde ese instante, quedé prendado de ti como nunca de nada ni de nadie, mi vida depende de tu existencia, no importando que estés a mi lado o no. Fue así que comprendí, mientras conocía los misterios del Oriente y el sueño Americano—en las entrañas de sus mujeres—, que el sexo no tenía sentido, era aburrido, era frívolo y apenas me dejaba un asomo del calor de tu mirada.

Me desvié de mi objetivo, siempre pasa cuando tú saltas a mi mente. La cuestión es que en ese tiempo estaba yo viajando por todo el país—buscándote— hasta que llegué a Nueva York. Ya había ido a Las Vegas y, debo decir, prefiero Nueva York. La ciudad del pecado está sobrevalorada, es más bien el centro del espectáculo en el mundo, y no son fanático del teatro. Mientras tanto, la ciudad que nunca duerme me llevó a una capital de la moda con la seriedad de los trajes de negocios, la versatilidad de las clases sociales, el mix de razas, la libertad corrupta que representa a ese país, cierto toque de elegancia y un sinfín de eventos interesantes a la vuelta de la esquina. ¡Amo Nueva York! Pero no creo que cualquiera de esas cosas fuera la razón. En mi quinta noche en la ciudad fui invitado a lo que llamaron “Un Club de Caballeros”. Nos dieron tarjetas de presentación de color negro mate, con letras serias en un solo renglón de un brillante dorado que resplandecía al chocar la luz. En la parte trasera estaba un domicilio que—pese a mis incontables visitas— no logro recordar. En la parte frontal, el nombre del lugar. No estaba interesado en el sitio, hasta que leí la cara del frente, donde decía “The Lost Treasure of Alexandria” y, como un idiota, seguí el camino hacia allá. Era un sitio impresionante, donde todos usábamos antifaces, con el ambiente de una orgía pansexual. Los trabajadores del lugar se caracterizaban por la falta de ropa, mientras hombres y mujeres llevaban solo la prenda inferior de lencería fina, fungiendo todos los papeles de mesero y prostituta. Era todo tipo de personas, aunque no vi ningún niño, pero estoy seguro de que es el tipo de lugar que ofrece toda especie de producto. En cualquier caso, era difícil ver entre los flases blancos y la decoración completamente negra del lugar, donde abundaban las salas con mesas atravesadas por tubos de baile, sin privacidad a la vista haciendo natural el sexo en público, a menos de que fueras un poco especial y prefirieras follar en una habitación privada. Claro, te daban esa opción también. Y cómo olvidar la pista de baile, ¡un buffet de prostitución!

Nada que no hubiera visto antes, aunque esto era como una mezcla de varios conceptos, donde definitivamente no querían que las personas se reconocieran entre sí. A decir verdad, me aburrí pronto y estuve a punto de retirarme, pues nadie fue capaz de interesante. Me levanté y caminé fuera de la sala donde mis acompañantes se agasajaban a su propio placer impío, busqué la puerta, pero no logré llegar a ella. Reconocí que ella era muy joven, pues tenía este cuerpo que he soñado que la suicida Sybil Vane gozaría si fuera real. Aunque su cabello o sus facciones no tendría relación con esa tonta enamorada, definitivamente sus labios sí, y aunque quise resistirme a sus encantos de paso felino y bikini del encaje, descubrí que esos labios eran idénticos a los tuyos, que solo probé dos veces. Ella fue la primer prostituta que no se lanzó sobre mi cuerpo para seducirme, sino que rozó su mano con la mía mientras pasaba, en un toque sutil y tímido, que me hizo volverme en mi eje de inmediato. Me miró con sus ojos grandes por encima del hombro, pareciendo que se escondía en su cabellera clara, y luego se apartó. Era el tipo de zorra que sabía lo que hacía y caí redondo en su trampa, siguiendo el camino de sus tacones hacia una sala para detenerla por la muñeca. Inmediatamente exigí llevarla a una habitación y no fue problema, aunque la oscuridad predominaba en todo momento y eso no era tan maravilloso cuando yo deseaba verla. Tuve que ofrecer mucho dinero para que se quitara la máscara y, aun con ello, me vi obligado a la mismo. Habían pasado seis años desde que te fuiste, así que por un momento juré que estaba alucinando, hasta que ella se quitó la máscara. Lo siguiente que supe, al verla, es que estaba siendo acogida por mis brazos y amada por mis labios.

Era idéntica a ti y, por primera vez en mi vida, el sexo tuvo cierto significado. Tenía tu rostro, tus gestos. Lo único que me recordaba que no eras tú era su aroma, su voz, su cuerpo de mujer. Su nombre era Kore, vivía con el mismo sueño de la trágica prometida de Dorian Gray, tenía tan solo diecinueve años y era como volverte a ver. Sucumbí a tu memoria y la metí en mi cama tantas veces que no puedo contarlo. Me quedé seis meses en Nueva York mientras alguien más te buscaba y juro que, por un momento, realmente te fui infiel. La saqué del prostíbulo, le di un hogar, pagué sus necesidades, la vestí como una dama y la llevé de la mano a paseos por el Central Park. La miré de la forma en la que nunca se me permitió mirarte, la reclamé de mi propiedad, la besé cada vez que quise hacerlo. Diría que realmente la amé, si no hubiese recibido ese baño de agua fría cuando ella propuso un imposible. Cometí el error de contarle de ti, sin hablarle de su parecido. Ella escuchó todo y se mantuvo junto a mí en la cama, mientras jugaba con mis dedos y movía el anillo de mi mano izquierda. Su piel era suave, lechosa. Inclusive su espalda me recordaba a ti, y la forma en la que se prestaba a mis deseos casi con ignorancia de sus actos es como siempre imaginé que te tendría, desfalleciendo ante mi amor, como ella lo hacía. Pero descubrí sus intenciones cuando sus dulces labios se movieron esa mañana, con sus vivaces ojos curiosos mirándome fijo, una sonrisa infantil en sus labios y la intención de ocultar su maldad tras todo aquello. Si yo no fuera tan oscuro como soy, probablemente no habría notado la crueldad de sus deseos y ahora no estaría tras de ti, como hago. Ella cometió un error, en cinco palabras.

—¿Por qué no te divorcias?

Cuando aparté mi mano, ella no pareció perturbarse. En lugar de ello me explicó lo sencillo que sería apelar por divorcio ante abandono, para que yo pudiera empezar mi vida de nuevo, con alguien como, ¿quién sabe? Ella. Me levanté de la cama, dejándola recostada, mientras dirigía mis pasos hacia el baño. La borré de mi ser con una facilidad que no reconocí. Desearía que hubiese sido así de simple contigo, pero solo sé que tú riges mis decisiones. La tomé por ti, y la boté por ti. Pero eso es algo que no sabrás nunca, porque puedo amarte en otros cuerpos, pero jamás en el tuyo.

—El mayordomo te pagará lo de anoche. No vuelvas, Kore.









Última edición por Alexander M. Achérōn el Vie Ago 25, 2017 9:22 am, editado 1 vez
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Re: Ημερολόγιο — Diario | Alexander M. Achérōn

Mensaje por Alexander M. Achérōn el Vie Ago 25, 2017 9:16 am

Kybélê


 
Presente...

Querida hermana:
 
 
Llegué a Verdammnis hace semanas y, a riesgo de que quemes esta carta antes de leerla, decidí contarte lo que he visto. Será tu decisión el no hacerlo y, por ende, el perderte de tan valiosa información. Espero que seas lo suficientemente inteligente para abrir el sobre. A estas alturas, puedo imaginarte llena de frustración. No eres una mujer que pueda tenerme paciencia, no a mí en específico. De cualquier forma, decidí escribir en lugar de llamarte y sé que la carta llegará en un par de días, pues la he enviado con uno de mis sirvientes. Como sea, te ahorraré más introducciones e iré al grano: lo encontré.
 
Tendrías que verlo. Mi Perséfone está más hermoso que nunca, pese a tus reproches y tus quejas, seguí las órdenes de nuestro hermano menor y le busqué por todas partes, resulta que estuvo estos últimos once años aquí, en Japón. Lleva ahora el cabello corto, apenas le enmarca el rostro hasta los pómulos y no alcanza a su sonrisa, algo muy distinto a su pasado que llevaba esa larga cabellera desprendiendo su aromo dulce a bizcocho recién salido del horno. Pero, ¿qué puedo contarte de su aspecto de entonces? Eres su madre, nadie mejor que tú recordaría cómo lucía tu hijo antes de irse de nuestro lado, antes de que me lo arrebataras tan solo para perderlo. Nunca te había dicho esto, pero creo que el momento se acerca, así que mantente atenta a lo que sigue.
 
Mi mayordomo me despertó muy temprano—para mi gusto— dándome noticia de que los investigadores que tenía contratados para su búsqueda le habían identificado, aunque podrás imaginarte el montón de veces que escuché eso en cada país que visité la última década. Los clones de tu hijo parecían existir en abundancia, distribuidos estratégicamente por el mundo con el objetivo de confundir el rumbo de mi búsqueda. Por un momento estuve seguro de que eso también era obra tuya, te creo tan cruel para hacerme perder mi tiempo así. Yo siempre pensé que tú lo tenías escondido, pero nuestro hermano me convenció de que no era así. Como sea; Me levanté y me preparé esa mañana, mientras me llevaban a ese destino que me tenía escéptico: una floristería. No lo creí hasta que abrieron la puerta y resultó que su aroma estaba en todo el sitio, opacando a las flores que él se atrevía a ofrecerme como si fuera un cliente más, y quise enfrentarlo con mi cinismo—me conoces, sabes quién soy—, pero aunque un lamento se deslizó sobre su mejilla, resultó que él no tenía ni idea de quién soy. Él me miró y lo primero que hizo fue derramar una lágrima, porque el cuerpo no olvida sin importar que la cabeza lo haga, y su ser completo debió haberse estremecido cuando me reconoció sin tener idea de mi nombre, de mi relación con él. Es aquí donde te digo, ¡qué pésima madre eres!
 
Su nombre es Hefestión, ahora. ¿Puedes creerlo? ¡Hefestión! Yo también me imaginé que era un mal chiste conforme lo decía, que estaba fingiendo para evadirme, pero la forma en la que se mostró tan abierto a recibirme como un desconocido me llevó a la realidad. ¿Te lo imaginas? Despertar en un hospital sin saber quién eres, qué eres, qué haces ahí. Él no tenía siquiera un nombre cuando abrió los ojos y odiaría tener que imaginar su terror en ese momento, cuando descubrió que estaba conectado ve tú a saber a cuánto aparato distinto. Cuando me lo dijo, inmediatamente pensé en ti, ¿en quién más? Siempre supe que tú lo habías escondido, pero ¿borrarle la memoria? ¿A qué punto tendrías tú que odiarme para hacerme eso? ¡Hacerle eso a él! Tú que, como su padre, puedes ver a través de lo que me pasa por él, ¿cómo pudiste? ¿Qué tipo de madre le hace eso a su propio hijo a favor del amor? Para colmo, ¿cómo te atreves a acusarme a mí de hacerle daño cuando lo dejaste enfrentarse a eso? En cualquier caso, ya he tomado medidas en cuanto a… Hefestión. Decidí que le llamaré de la forma en la que se siente cómodo ahora, así como le daré un poco de información. Espero que te muestres conforme en cuanto a la forma que manejaré la relación con mi esposo, ya que no tienes voz ni voto en esto, pero creo que sentirás satisfecha.
 
— Le llamaré por ese nombre, aunque alguien más se lo haya dado.
— He decidido decirle que tiene padres, así que alégrate: sabe de tu existencia. Excusé que no vendrás pronto porque tienes responsabilidades.
— Sí, esto significa que no lo llevará de regreso a Grecia. ¿Por qué? No te importa un carajo.
— Le dije que soy su tío, que su padre es mi hermano. Decidí omitir el asunto de que tú seas también nuestra hermana, así como el hecho de que yo soy su esposo. Creo que eso podría impactarlo en desmedida, me preocupa que su estado mental no lo procese. El incesto, por supuesto.
— Es ajeno al hecho de que somos ricos, pero creo que lo obviará.
— No oculto que estoy casado. No me he quitado el anillo desde el día de nuestra boda y permanecerá ahí hasta que él firme nuestro divorcio.
— Mi perspectiva de ofrecerle que firme los papeles no ha cambiado, pero todo a su tiempo.
— Designaré a un grupo de profesionales a atenderlo, para que recupere su memoria. Después, cuando sepa quién soy, no tendré que insistir en que debe darme el divorcio. Estoy bastante seguro de que lo pedirá personalmente. Yo lo haría y, me parece, eso le aconsejarías tú… también voy a intentar convencerlo de que viva conmigo, no puedo darme el lujo de perderlo de vista de nuevo.
 
Creo que no tengo más que comunicarte por ahora, excepto por decirte que no te presentes a menos de que quieras enfrentarte a ti y a él a la verdad de cuán despreciable es tu existencia. Por supuesto, eso a menos de que tengas una forma de hacerlo volver a la normalidad. De no ser así, mantente en Grecia hasta que sus médicos digan lo contrario. Una vez rememore su vida, él decidirá qué hará con ella, no permitiré que vuelvas a influenciarlo con tu mal juicio. Seguirá en contacto por este medio, así que evita responderme o buscarnos de otra forma. Nuestro hermano te mantendrá a su lado hasta que yo diga lo contrario.
 
Sé paciente.
 
Con cariño: Alexander.


 

 
 

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Alexander M. Achérōn
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Re: Ημερολόγιο — Diario | Alexander M. Achérōn

Mensaje por Alexander M. Achérōn el Miér Sep 20, 2017 10:34 am

Venus


 
Hace trece años…

—Vaya, creo que nunca antes te había visto así.

Recuerdo ese día como si hubiese sido ayer, Hefestión. La primera vez que te vi, de nuevo, y me perdí en una locura sofocante. Caí en una piscina de miel, como tu mirada, de la que jamás he podido salir. El amor que sentí en ese momento me atrapó, me contuvo. Me hizo sentir bien por primera vez en muchísimos años, por no decir que toda la vida. Se sentía como tocar tu piel sedosa, y olía como tu cabello; dulce. La dureza que me forjó desde niño, que se había sentado en mis hombros y miraba por mis ojos se suavizó en cuanto entraste por esa puerta y te encontré. Nunca volví a ser el mismo, y tu padre lo supo.

—¿Te gusta? Mi hijo. Es decir, no me importa. Siempre pensé que eras más de chicas, pero si él te gusta, está bien.

Me sentí tan descubierto, Hefestión. Desnudo, expuesto. Fue como aquella vez que vi a tu padre por primera vez, una masa rosada y arrugada. Pensé que era irritante porque lloró por horas antes de que yo entrara a la habitación, lo que interrumpió mis deberes—matemáticas— y no pude concentrarme. Pero cuando lo vi descubrí un ser pequeño, de enormes ojos que podrían ver a través de las cosas, con gran potencial, que era tierno y, no sé la razón, pero quise tocarlo, quise verlo reír… y tu abuela, su madre, golpeó mi mano como nunca nadie lo había hecho. Después de eso, mi propia madre me observó como si fuera a matarme si me atrevía a mirarlo siquiera, una vez más. Supe desde ese momento que tu padre tenía grandes poderes sobre las personas y, este otro día, él lo demostró cuando vio a través de mí, cuando descubrió que estaba a la deriva en un mar de caramelo, que me había enamorado de un churumbel.

—Quiero que te quedes, Alexander —su sonrisa, yo la conocía. Era la sonrisa que mostraba cuando había logrado su cometido—. Eres mi hermano, y eres de las pocas personas a las que yo le entregaría un hijo. ¿Por qué no te quedas con él?

Debo admitir que lo rechacé. Le dije abiertamente que no podría interesarme en una oferta como esa, fruncí el entrecejo y me alejé dos pasos hacia mi espalda, pero la sonrisa de ese hombre no desapareció, porque sabía que yo mentía. En ese momento yo te deseaba más que nada en este mundo. En ese instante, yo estaba desesperado por tomarte en mis brazos y tenerte ahí, por el resto de mis días… pero no podía hacer semejante cosa. Todos sabíamos que tu madre sería la primera en oponerse, sin embargo, lo hice yo. Me enfrenté a mi hermano y le dije a la casa que eso era imposible, que yo no podría estar con un niño como tú. Me sorprendió que se sentara y me pidiera todos los argumentos que pudiera darle, y lo hice. Le dije que eras demasiado joven, que con solo verte podía saber que tu pureza nos distanciaba, ni qué decir de la edad o del hecho de que fueras mi sobrino. Le expliqué que eras un hombre y que no podíamos asegurar tener descendencia, algo valioso para nuestra familia. Le expliqué que yo no estaba preparado para un compromiso y que, en cualquier caso, no me quedaría en Grecia, pues tenía trabajo en otras partes del mundo, y nada ni nadie iban a atarme. Hablé con tranquilidad, pero hubo momentos donde la exaltación me superó, y tu padre volvió a mostrar su sonrisa apenas cerré la boca. Podía ver a través de mis excusas, de mis mentiras, de mis deseos.

—Te ofrezco la mano de mi hijo —dijo, mientras se servía un trago—. Se casarán en Macedonia, porque es importante para ti. Y te quedarás en Grecia, porque es importante para él y su madre. No me convencerás de lo contrario: tu destino es quedarte.

Le dije que era ridículo y hablaba un sinsentido, después salí de su estudio con la poca elegancia que me quedaba. Había pasado ya el funeral de nuestro padre, tu abuelo. Me quedaría un par de días para visitar la tumba de mi abuelo, el hombre que me dio nombre, pero también para ver al resto de la familia, personas con las que nunca había tenido una buena relación, pero, como dicen: “familia es familia”. Recuerdo haber acudido a un almuerzo, donde mis hermanas charlaron en voz alta mientras observaban a todos ustedes, mis sobrinos y sobrinas. Tenían risas escandalosas en el jardín, bebían mimosas y margaritas aunque fuera temprano, bailaban, contaban chismes y se burlaban de mis hermanos, siendo conscientes de que podíamos escucharlas desde los pasillos con vista a ese pequeño edén. Yo iba en camino a ver a tu padre, antes de ir a Macedonia con regalos para la tumba, pero me detuve a admirar por un momento lo que no me era ni por asomo natural, algo a lo que no estaba acostumbrado ni por el tiempo que viví en Grecia. Lo había visto, sabía que sucedía, pero nunca me había detenido a admirarlo. La esposa de tu padre me encontró con la mirada y adoptó un silencio sepulcral que embargó a todas las hermanas, que pronto imitaron su comportamiento para mirarme.

—¡Alexander! —dijo ella, levantando la mano alegremente—. ¡Ven con nosotras! No pensarás partir sin antes participar en una de nuestras fiestas. Todos nuestros hermanos han estado aquí, excepto tú. Cuando vivías con nosotros siempre estabas en tu cuarto estudiando, o trabajando. ¡Ven!

—No creo que sea lo que desean en su fiesta —respondí, algo incrédulo de su comportamiento.

—¿Bromeas? —nuestra tercera hermana, no esposa de tu padre, ni tu madre. Me sorprendió. Era ella la más inteligente de las tres—. Acompáñanos.

No me había dado cuenta, pero acepté. Lo supe hasta que mis pies estuvieron a punto de pisar el pasto, pero uno de tus hermanos fue más rápido y me detuvo, para indicarme que debía quitármelos, mientras todas tus tías—y tu madre— reían en la mesa, pues estoy seguro que debí haber puesto una expresión muy divertida. Nunca fui bueno con los niños, me aterra hacerles daño, así que no los toco ni les hablo a menos de que sea estrictamente necesario. Así que cuando esa criatura me hizo el favor de sacarme los zapatos, me descoloqué completamente. Después, caminé de traje y pie desnudo sobre un suelo verde, nada acorde con la vestimenta primaveral de las damas, que sonrieron satisfechas y me sirvieron champán antes de las dos de la tarde. Me hicieron tomar al menos cinco copas, me preguntaron sobre países, sobre mujeres y sobre hombres. Me hablaron sobre el amor, hasta tu madre me habló sobre hijos. Dijeron cuánto les sorprendía verme, que fuera tan atractivo y soltero. Admitieron, en estado de ebriedad, cuán poco confiable les parecía y que me encontraban oscuro—algo natural, si me preguntan—. Luego dijeron que no era tan malo como parecía, pero era una costumbre tenerme lejos, y no me imaginaban cerca. Para las cuatro de la tarde era la hora del té, y mi madre decidió unirse a la charla, pero una de tus hermanas estaba lista para atraparme antes de que me retirara. Hermosa, como la Venus. Traviesa, celosa, inteligente y bien instruida, me llevó entre los árboles y arbustos del vergel, me hizo perderme y me abandonó donde pensé que estaría solo, pero no fue así.

Tú estabas ahí para rescatarme. Tú tomaste mi mano y me guiaste de regreso al pequeño quiosco donde las mujeres seguían, pero lo evitaste y me condujiste hasta el suelo blanco en el que descansaban mis zapatos. Apenas pude agradecerte antes de verte huir, como las ninfas que se esconden de los sátiros una vez sorprendidas. Tú siempre fuiste así, y ni siquiera la ninfa de agua de Doubek podría hacerte justicia, por más que me gustase esa pintura.

—Me casaré con él.

Interrumpí a tu padre en su oficina, quien charlaba con nuestro hermano, y los dos me miraron incrédulos. Pero bastó un segundo solamente antes de que su sonrisa se mostrara en sus labios, satisfecha. Me tomó un año enterarme de que esa tarde en el parque había sido una jugada de mis hermanas, a la que tu madre ignoraba y creo que ella lo sabría solamente después de habernos casado. Esa tarde, cuando entré al estudio, él estaba esperándome. Él me sonrió satisfecho, porque yo había cumplido sus deseos, bajo la condición de que él cumpliera el único mío.

—¿Puedo casarme con tu hijo?


 

 
 

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Alexander M. Achérōn
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Re: Ημερολόγιο — Diario | Alexander M. Achérōn

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